carlos lacomba biodanza con alicia 640

carlos lacomba biodanza con alicia 640

Sé de actores y actrices de teatro, y de cierta talla, que después de haberse metido hasta el fondo en su papel (particularmente conflictivo o dramático), y tras varios meses de representaciones, han terminado enfermando; algunos, gravemente. Porque nuestro cuerpo (y nuestro subconsciente) no distingue entre lo real y lo ficticio. En este caso, entre emociones verdaderas y emociones fingidas. Y al final, sean unas u otras, afectan.

Yo llevo casi dos años formando parte de un grupo regular, y experimentando este sistema singular de desarrollo humano, que es la biodanza. Y después de todo este tiempo, a tenor de mis propias vivencias, así como de las que he escuchado por parte de mis compañeros/as, he llegado a algunas conclusiones.

De un modo similar a lo que viven esos actores a los que me he referido, cada vez que yo acudo a una sesión de biodanza mi cuerpo recibe una gran dosis de contacto físico y de afectividad, y no de uno, sino de varios compañeros; de muchos, a veces. Ya sea una mirada cómplice, una dulce sonrisa o un tierno y prolongado abrazo, no hay sesión en la que la corporeidad y la afectividad no hagan acto de presencia. Siempre desde el respeto, y siempre desde esa armonía que propicia la biodanza cuando interactuamos unos con otros en un espacio común.

Comoquiera que sea, mi cuerpo (y mi subconsciente) no distingue si eso que recibo de la otra persona es más o menos auténtico o más o menos puro, ni qué sentimientos o emociones pueda haber detrás de ella. Mi cuerpo, simplemente, recibe algo que le resulta agradable, placentero, pleno e instantáneamente reconfortante. Y todo eso va dejando su huella, poco a poco, sesión tras sesión…

A esto hay que sumar la oportunidad que brinda la biodanza de dar a los demás, de expresarles en cualquiera de sus formas (respeto, comprensión, cariño, delicadeza, empatía…) ese amor que todos llevamos dentro y que no siempre expresamos cotidianamente, y, menos aún, en toda su dimensión.

No es de extrañar, pues, que la biodanza resulte tan sumamente gratificante, que nos llene tanto, y que muchos de nosotros estemos deseando que llegue el día de la sesión para contar las horas que nos separan de ella.

A fin de cuentas, los seres humanos estamos hechos para amar… y para ser amados. Ahí radica la fuente de nuestra felicidad y de nuestro equilibrio. En consecuencia, cuando uno ejerce ese potencial, y se beneficia de que otros ejerzan el suyo con uno, inevitablemente, la vida, y este mundo, adquieren matices verdaderamente deliciosos.

Es el dulce sabor de la felicidad.

Carlos Lacomba Verdés
(Grupo regular de biodanza en La Rambleta, con Alicia Santos).

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